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La Arquidiócesis de Resistencia celebró con gozo y alegría la entronización de un Relicario con la sangre del Beato Juan Pablo II, en la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción de Resistencia. En la homilía, el arzobispo de Resistencia dijo que la Iglesia lo considera al Papa un centinela atento que hizo oír la voz de Dios precisamente donde se quiere silenciar la palabra de Dios.
Advirtió que es notorio que en el mundo de hoy se piense así: vivir como si Dios no existiera, no queremos que ingrese en nuestro corazón y en nuestra conciencia, porque queremos ser libres y no nos damos cuenta de que esa actitud produce todo lo contrario
La celebración se llevó a cabo en la Eucaristía presidida por el Arzobispo de Resistencia, monseñor Fabriciano Sigampa y concelebrada por el clero diocesano y sacerdotes de la Congregación del Santísimo Redentor (Padres Redentoristas) quienes tienen a su cargo la curia pastoral de la citada parroquia.
Los fieles colmaron el Templo parroquial, patios y jardines, y en calles aledañas para participar de este feliz acontecimiento. En días previos habían asistido a un previo Triduo de preparación y para recibir el sacramento de la reconciliación.
Conviene señalar que a la celebración llegaron feligreses de todas las provincias vecinas y aún de provincias lejanas. El relicario y el certificado de expedición de las reliquias fue entregado por el cardenal de Cracovia Stanislaw Dziwisz (Polonia), antigua diócesis donde estuvo el ahora Beato Juan Pablo II, al viceprovincial de los Padres Redentoristas, R.P. Enrique Kaczocha (Misioneros Redentoristas-Vice-provincia de Resistencia).
La homilía de monseñor Sigampa
Estamos aquí reunidos con la alegría propia de los que somos hijos de Dios y de la Iglesia, en el día en que entronizamos las reliquias del Santo Padre Juan Pablo II, su sangre. En el día en que celebramos a Jesús Misericordioso.
El texto del profeta Isaías (Is. 52, 7-10) nos marca y señala con profundidad al mensajero de la paz: es a Cristo. Y en él, a este Papa, a quien consideramos “el mensajero de la paz” que recorrió el mundo llevando precisamente la paz que nos trajo el Señor. En este mundo lleno de violencia y de muerte.
Por eso el Papa Juan Pablo II asumió la gran tarea de promover en el mundo la paz, la justicia y sobretodo la vida. El texto de Isaías presenta hoy la figura y la misión del Papa Juan Pablo II. De este hombre de Dios que proclama la paz, de este hombre que anuncia la felicidad y proclama la salvación.
Por eso la Iglesia lo considera al Papa un centinela atento que hizo oir la voz de Dios precisamente donde se quiere silenciar la Palabra de Dios. Es notorio que en el mundo de hoy se piense así: vivir como si Dios no existiera, no queremos que ingrese en nuestro corazón y en nuestra conciencia, porque queremos ser libres y no nos damos cuenta que esa actitud produce todo lo contrario. Argentina, nuestra Patria, ha sido bendecida con la presencia y la acción del Sumo Pontífice cuando estábamos precisamente al borde de una guerra entre dos pueblos hermanos.
Preocupación por la paz
Sigampa recordó que ha sido siempre su preocupación por la paz de los pueblos. Por eso no trepidó en dejar Roma para visitarnos. En aquel momento el Papa le dijo a los jóvenes argentinos: “No dejen que el odio marchite las energías generosas y la capacidad de entendimiento que todos llevamos dentro.”
Y decía en aquel tiempo a estos mismos jóvenes, “La paz es una cantera abierta a todos”. Él usa esta palabra porque trabajó en aquellas canteras siendo jovencito, y sabe lo que significa una cantera y lo que se extrae de ella. El Papa nos decía en aquel momento: “La paz es una responsabilidad universal, que pasa por la realización de miles de pequeños actos en la vida diaria. Es decir, la paz se va realizando cotidianamente, en las tareas de cada día. Por eso el Papa nos decía en aquel momento “es un modo cotidiano de convivir con los demás”. Y este deseo personal de él, dirigido a los jóvenes, para que los jóvenes contribuyan a liberar la historia del camino desviado por donde se descarría la humanidad.
Y esto lo dice en Asís en el año 1986, en esa oración que hizo con los líderes del mundo, precisamente pidiendo la paz. Y en su propia tierra natal, en el cementerio, dijo: “En una nación dirigida a Dios Padre, defiéndenos de la guerra, de todas las guerras. Te lo pide el Papa. Un hijo de una nación que a través de la historia, y particularmente en nuestro siglo, ha sido una de la más probada por el horror, la crueldad y el cataclismo de la guerra.” Dice el Papa: “Te pido todo esto para todos los pueblos del mundo”, no solamente para su tierra natal.
Hoy, tenemos aquí entre nosotros parte de su sangre en este relicario, esta sangre que ha sido redimida por Cristo en la Cruz, por el Señor de la Divina Misericordia en ese Misterio Pascual, al que siempre recurrimos y vivimos. Es la sangre del Papa, que lo llevó a recorrer el mundo como mensajero de la paz. Esta sangre que iba con él es la vida de él en el mundo, para anunciar al mundo que necesita vivir en paz con Dios y con el prójimo.
Por eso él mismo al iniciar el Año Nuevo tenía un mensaje para la humanidad. Habría que volver sobre ellos, no han pasado de moda, sobretodo los lemas que él mismo ha ido poniendo para cada año y que son memorables. Se recuerda, en un año nos decía “La paz es posible”, frente a muchos que no creían en la posibilidad de la paz, sino más bien en la realización de lo contrario, que es la guerra. Otro año nos decía “La paz depende de ti”, de cada uno de nosotros. También nos invitaba, “Trabaja por la paz”. Y así, habría que recorrer más de cuarenta lemas que él en su tiempo ha ido desgranando a lo largo de la historia el primer día de cada año, como diciéndole a los pueblos “Es un tema que tenemos que tenerlo presente al iniciar el año. Vivir en paz, lograr la paz, estar en paz.”
También hoy, teniendo su sangre aquí presente, esa sangre que él derramó aquel 13 de mayo en la Plaza de San Pedro, herido de muerte dice él: “He sido salvado milagrosamente por la intervención de la Virgen. Por eso tiene mucho sentido la presencia, aquí entre nosotros, de su sangre.
Y también quisiéramos hoy recordar la misión de él, de este Pedro en la historia, que en el texto del Evangelio (Jn. 21, 15-17) el Señor le exige al primer Pedro y a todos los que siguieron después, la sinceridad del amor, de ese amor sin doblez para con Jesús. Y confiesa Pedro y el Papa lo hará en su tiempo: “¡Tú sabes que te quiero!” Es decir, el Papa no se apoya en él sino que en el conocimiento que Cristo tiene de él: ¡Tú sabes que te quiero! A ese amor incondicional a Jesús es lo que lo constituye pastor de su rebaño. Cuando Jesús le pregunta a él y responde el Papa así, el mismo Cristo le dice “Apacienta mis ovejas.” Le encarga cuidar de todos y de cada uno. Y es eso lo que le da sentido a los viajes que él hace por el mundo para cumplir con esta misión, de visitar y confirmar en la fe a aquellos que él mismo Señor les ha confiado.
Para nosotros es un testimonio fuerte, es un testimonio que nos ayuda a nosotros los cristianos a abrir de par en par el corazón a Cristo, como lo decía él en el día que asume por primera vez el pontificado. No tengan miedo de abrir las puertas del corazón a Cristo. Y fue él el primero en mostrar que eso es así. Así vivió, así se manifestó al mundo, así lo vimos terminar sus últimos días aquí en la tierra. Un hombre que hablaba todas las lenguas, no le quedó voz, un hombre que recorrió el mundo, tenía que ser transportado en una silla. Sin embargo, en esa situación, se animó a saludar a los pueblos, saludándolos no con palabras sino con gestos. Y su gran gesto era mostrarnos a nosotros la validez de la Cruz de Cristo, a la que él se aferró en aquellos tiempos. Y por eso la grandeza de su ida depende de eso, de haberse aferrado donde está la vida. Y la vida divina está en la Cruz, en la Cruz del Hijo de Dios: allí está la fuente de vida, esa vida que él vivió y nos enseñó a vivir.
Pidámosle hoy a la Virgen Santísima, a quien él se entregó totalmente, y por eso le decía él “Soy todo tuyo”, “soy todo para Ti”. Y por eso fue que Ella la acompañó a lo largo de los años, larguísimos, dolorosos, pero fecundo de su pontificado.
Por eso queremos rendirle hoy nuestro homenaje de agradecimiento por el testimonio. Podemos decir con toda certeza: así como la Iglesia define a algunos mártires, a otros los define confesores. Creo yo que es uno de esos confesores que día a día va ofreciendo su testimonio de su amor inquebrantable a Cristo y de su amor inquebrantable a la Iglesia.
Es a ese hombre de Dios a quien hoy lo recordamos, lo queremos y por eso nos alegra tener entre nosotros su sangre, esa sangre que decíamos al principio, la sangre que Cristo purificó y limpió con el acto Redentor de Él en la Cruz. Y esa sangre viva que recorrió el mundo llevando a todos los hombres la paz.
Que continúe hoy el Papa, de esta presencia suya, de su sangre, alentándonos a ofrecer también la nuestra por la paz del mundo”.

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