Al finalizar la semana de reflexión de los sacerdotes que tuvimos en Puerto Tirol desde el lunes hasta el pasado viernes Monseñor Sigampa nos pedía a todos los sacerdotes que cada cual, de acuerdo a su creatividad e inventiva, informase a nuestros hermanos de las comunidades donde trabajamos cuáles habían sido los frutos de nuestro trabajo, a manera de devolución por tantas oraciones recibidas y que agradecemos de corazón.
En lo personal elegí este medio, porque creo que muchas veces no se conoce muy a fondo lo que se hace en estos encuentros y porque tanta gracia de Dios que hemos recibido en estos días vale la pena ser compartida. Ante todo, ¿qué es una semana de pastoral? No es una mera reunión sino ante todo un encuentro de los sacerdotes, pedido por el Código de Derecho Canónico con una frecuencia anual, donde el presbiterio unido reza, estudia, debate, a veces se da líneas pastorales en orden a comprender mejor alguna realidad de su hacer eclesial. Este año la semana de pastoral fue especial. Muy especial. Vivida por cada uno con enorme responsabilidad y sobre todo con espíritu de familia lo cual no abunda en otras instancias similares por estos días. Hemos estudiado apasionadamente la realidad de todos los días, a veces tremendamente problemática, buscando que la Iglesia sea una casa y una escuela de diálogo, de comunión fraterna, que tenga una mayor incidencia en nuestra sociedad y en sus estructuras, a veces demasiado llena de rencillas, de peleas estériles y de mezquindades. El Padre Leonardo Capelutti, sacerdote dehoniano que fuera profesor de muchos de nosotros en el Seminario, nos ayudó a entender muchas cosas que nos pasan a la luz de la Palabra de Dios y del riquísimo Magisterio de la Iglesia, pero sobre todo hemos podido compartir experiencias en un intercambio riquísimo que excede largamente estas pocas líneas que se pueden escribir. Pero no hemos hecho un estudio meramente intelectual (ni de lejos) sino que en el compartir experiencias tan distintas, del campo, de la ciudad, de todos nuestros pueblos con espíritu de comunión nos han dolido muchas cosas malas, nos han alegrado otras buenas y, sobre todo, hemos buscado respuestas, salidas, soluciones eficaces para buscar un cambio en esta realidad de tremenda crisis moral, social y aún estructural. Han sido jornadas de autocrítica y de debate fraterno, y nos hemos acercado a la realidad de nuestras comunidades desde varias dimensiones: antropológica, ecológica, biológica, psicológica, histórica, ética, familiar, comunitaria, económica, política, educativa, cultural, de los medios, religiosa, espiritual, cristológica y eclesiológica. Desde cada una de ellas intentamos fortalecer un espíritu de profunda conversión y la busqueda de una mayor amplitud de miras para encarar este tiempo chaqueño y argentino del bicentenario con un compromiso renovado por Cristo y por la Patria. Si el Chaco a veces duele tanto y es noticia por el hambre, las enfermedades arcaicas, la desidia, la falta de un verdadero diálogo, la pérdida de la cultura de la laboriosidad, el poco respeto por el derecho ajeno y por la ley, la mezquindad, la disgregación familiar, los problemas de nuestros productores agropecuarios, el sin sentido de la vida en nuestros jóvenes, el consumo de droga, la oferta de juego, la violencia e inseguridad, entre muchos otros problemas y otros males no menos cierto es que puede ser con el aporte de todos un Chaco nuevo, pleno, libre de rencillas estériles y mezquindades, productivo, con amistad social, con un pueblo bien alimentado, bien educado y que sepa salir de la cultura de la dadiva y del derecho reclamado para pasar a una cultura del cumplimiento del deber y de la laboriosidad. Y hemos trabajado en conjunto para ayudar, unidos a nuestros hermanos religiosos y laicos, a construir una tierra de ciudadanos y no sólo de habitantes, una tierra de inclusión social y no de pobreza y con gente que sea considerada como “descarte” de la realidad nacional. Además de haber escuchado de nuestro Obispo una introducción al Documento con el que el Espiscopado Argentino nos introdujo en la preparación a la celebración del Bicentenario nacional y que ha sido una aguda mirada a la situación de nuestra Argentina y de nuestro Chaco en particular (no abundo porque sus palabras han tomado estado público ya) hemos mirado juntos el marco de referencia de esa realidad en orden a que, con todo el pueblo de Dios, a fines de Octubre próximo, podamos en Asamblea Arquidiocesana, dar una respuesta de propuestas concretas para hacer de nuestra Iglesia una comunidad más fraterna y sobre todo más misionera. Hemos mirado también nuestra historia, y el testimonio de aquellos hermanos nuestros que, ante realidades adversas incluso peores que las que vivimos, supieron responder con Evangelio hecho carne cada problema desde el testimonio de Cristo. En el ejemplo de laicos como la criolla María de la Paz y Figueroa, el gringo beato Artémides Zatti, enfermero de los pobres de la Patagonia, el entrañable Ceferino Namuncurá, y nuestros curas, especialmente los más cercanos en la historia como Monseñor De Carlo, y los Padres José Alumni, Dante Sandrelli o el querido y enorme Severiano Ayastuy, el cura caminador del Impenetrable, recientemente fallecido, que nos dieron ejemplo acabado de una Iglesia promotora de la dignidad de la persona, bien formada y al servicio de los más pobres, hemos encontrado una ruta más que segura para seguir nosotros sembrando con el mismo tesón la Buena Noticia de Jesús en nuestra tierra. Si bien a veces la realidad de la coyuntura actual de nuestra Provincia nos ha dejado alguna vez al borde de la perplejidad nos han alentado muchas esperanzas de sacarlo adelante a partir de los valores del Evangelio y del testimonio silencioso que cada uno de los cristianos da a diario en los lugares donde nos movemos. Creo fervientemente que la comunión tan rica que hemos vivido en estos días puede hacer de nuestra próxima Asamblea un ámbito donde podamos encontrar esa Iglesia viva que pueda testimoniar a toda la sociedad que ese nuevo proyecto de país que nos pidiera nuestro Obispo el miércoles se puede lograr para crear un Chaco y una Argentina nuevos y no sólo porque viene el 2010-2016, sino porque hay un futuro que construir en lo inmediato, solucionando muchas cosas que están mal y a veces muy mal. Quiero de corazón agradecer a los hermanos de mi comunidad de San Fernando a quienes conozco bien y, por extensión, a tantísimos otros a los que nos une la comunión eclesial en el Espíritu Santo que hemos recibido por el Bautismo, por las oraciones que elevaron por todos los sacerdotes y por el Obispo, porque esas plegarias fermentaron muchos frutos que, seguramente se volverán propuestas superadoras de tantas protestas que por estos días pululan por todas partes. (*) Vicario Parroquial Iglesia Catedral. 
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